Michael Sandel: Why we shouldn't trust markets with our civic life

Michael Sandel: Why we shouldn't trust markets with our civic life

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Language: Spanish

Type: Human

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Traductor: Máximo Hdez Revisor: Carlos Arturo Morales Aquí hay una pregunta que necesitamos repensar juntos: ¿Cuál debería ser el papel del dinero y los mercados en nuestras sociedades? Hoy en día, hay muy pocas cosas que el dinero no puede comprar. Si están sentenciados a una pena de cárcel en Santa Bárbara, California, deberían saber que si no les gusta el alojamiento estándar, pueden pagar por una celda mejor. Es cierto. ¿Cuánto creen que cuesta? ¿Cuánto se imaginan que puede costar? ¿Quinientos dólares? ¡No es el Ritz-Carlton! !Es una cárcel! Ochenta y dos dólares por noche. Ochenta y dos dólares por noche. Si van a un parque de diversiones y no quieren hacer esas largas filas para las atracciones populares, ahora hay una solución. En muchos parques temáticos, se puede pagar extra
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para saltar al principio de la fila. Los llaman boletos Vía Rápida o VIP. Y esto no está sucediendo únicamente en los parques de atracciones. En Washington, D.C., a veces se forman largas filas, colas, para las audiencias importantes del Congreso. Y a algunas personas no les gusta hacer esas largas colas, quizá una noche y hasta bajo la lluvia. Y entonces ahora hay, para grupos de presión y otros que estén deseosos de asistir a las audiencias pero que no les gusten las colas, empresas de hacer fila a las que uno puede acudir. Se les paga una cierta cantidad de dinero, contratan a habitantes de la calle y a otros que necesiten trabajo para que hagan la cola el tiempo que sea necesario, y el cabildero, justo antes de empezar la audiencia, toma el lugar de él o ella en la cabeza de la cola y puede así tener un asiento en primera fila. Pago por hacer fila. Está sucediendo, se está recurriendo a soluciones de mercado, a mecanismos de mercado y a esta forma de pensar
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en las grandes arenas. Piensen en la manera en que peleamos nuestras guerras. ¿Sabían que, en Iraq y Afganistán, hubo en el terreno más contratistas militares privados que efectivos militares de EE. UU.? Esto no es porque tuviéramos un debate público sobre la subcontratación de la guerra con empresas privadas, sino que es lo que sucedió. En las últimas tres décadas, hemos asistido a una revolución silenciosa. Hemos pasado casi sin darnos cuenta de tener una economía de mercado a convertirnos en sociedades de mercado. La diferencia es la siguiente: una economía de mercado es una herramienta, un instrumento valioso y eficaz para la organización de la actividad productiva, y una sociedad de mercado es un lugar donde casi todo está a la venta.
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Es una forma de vida en la que el pensamiento y los valores del mercado empiezan a dominar todos los aspectos de la vida: las relaciones personales, la vida familiar, la salud, la educación, la política, la ley, la vida cívica. ¿Por qué preocuparse? ¿Por qué preocuparse porque nos estemos convirtiendo en sociedades de mercado? Por dos razones, creo. Una tiene que ver con la desigualdad. Entre más cosas pueda comprar el dinero, más importancia tendrá su escasez o abundancia. Si lo único que determinara el dinero fuera el acceso a yates, vacaciones lujosas o BMWs, entonces la desigualdad no importaría mucho. Pero cuando el dinero empieza a gobernar cada vez más el acceso a los esenciales de una buena vida
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—servicios de salud decentes, acceso a una mejor educación, voz en la política e influencia en las campañas— cuando el dinero llega a gobernar todas esas cosas, la desigualdad importa mucho. Y la mercantilización de todo afila el aguijón de la desigualdad y sus consecuencias sociales y cívicas. Esta es una razón para preocuparse. Hay una segunda razón, además de la preocupación por la desigualdad, y es esta: con algunos bienes y algunas prácticas sociales, cuando el pensamiento y los valores de mercado entran, pueden cambiar el significado de esas prácticas y pueden desplazar actitudes y normas por las que vale la pena preocuparse. Me gustaría poner un ejemplo de un uso controvertido de un mecanismo de mercado, un incentivo en efectivo, y ver lo que piensan de ello.
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Muchas escuelas enfrentan el desafío de motivar a los niños, especialmente los niños provenientes de medios desfavorecidos, para que estudien duro, para que se desempeñen bien en la escuela, para que se apliquen. Algunos economistas han propuesto una solución de mercado: ofrecer incentivos en efectivo a los niños por sacar buenas notas o altos puntajes o por leer libros. Lo han intentado, en realidad. Han hecho algunos experimentos en algunas ciudades estadounidenses. En Nueva York, en Chicago, en Washington, D.C. lo han intentado, ofreciendo 50 dólares por un 10 35 dólares por un 9. En Dallas, Texas, tienen un programa que ofrece a los niños de ocho años 2 dólares por cada libro que lean. Veamos lo que... Algunas personas están a favor, y algunas personas se oponen a este incentivo en efectivo para motivar el logro. Veamos lo que la gente piensa aquí sobre ello. Imagínense que son los directores de una gran conjunto educativo
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y alguien viene con esta propuesta. Y digamos que es una Fundación. Ellos proveerán los fondos. No tienen que sacarlos de su presupuesto. ¿Cuántos estarían a favor y cuántos se opondrían a darle una oportunidad? Veamos las manos alzadas. En primer lugar, ¿cuántos creen que podría valer la pena al menos intentarlo para ver si funciona? Levanten la mano. ¿Y cuántos opinan lo contrario? Así que la mayoría se opone, pero hay una minoría considerable a favor. Discutámoslo. Vamos a empezar con aquellos que se oponen, ¿quién lo descartaría incluso antes de probarlo? ¿Cuál sería la razón? ¿Quién quiere comenzar la discusión? ¿Sí? Heike Moses: Hola a todos, soy Heike, y creo que esto acaba la motivación interna, ya que el deseo de leer de los niños, si les gusta leer sería desplazado al pagarles, de tal forma que esto solo cambia el comportamiento. Michael Sandel: Acaba el incentivo interno.
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¿Cuál es, o debería ser, la motivación interna? HM: Bueno, la motivación interna debería ser aprender. MS: Aprender. HM: Llegar a conocer el mundo. Y entonces, si se les deja de pagar, ¿qué pasa entonces? ¿Entonces, dejan de leer? MS: Ahora, vamos a ver si hay alguien que esté a favor, que crea que vale la pena intentarlo. Elizabeth Loftus: Soy Elizabeth Loftus, y Ud. dice que vale la pena intentarlo, así que, ¿por qué no hacerlo y experimentar, y medir las cosas? MS: Y medir. ¿Y qué medirías? ¿Medirías cuántos...? EL: Cuántos libros leyeron y cuántos libros siguieron leyendo después de que ya no se les paga. MS: Después de que ya no se les paga. Bien, ¿qué opinas? HM: Para ser franca, creo que esto es, sin ofender a nadie, un estilo muy norteamericano. (Risas) (Aplausos) MS: Muy bien. Lo que ha surgido de esta discusión
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es la pregunta siguiente: ¿Los incentivos en efectivo desplazarán, corromperán o acabarán con la motivación superior, la lección de fondo que pretendemos dar, que es aprender, amar aprender y leer por su propio bien? La gente no se pone de acuerdo sobre cuál será el efecto, pero lo que parece ser el problema, es que de alguna manera un mecanismo de mercado o un incentivo en efectivo enseñe la lección equivocada, y si lo hace, ¿qué será de estos niños después? Debería decirles lo que ha pasado con estos experimentos. El dinero por buenas calificaciones ha tenido resultados muy variados, en su mayor parte no ha resultado en mejores calificaciones. Los dos dólares por cada libro hicieron que los niños leyeran más libros. También los llevó a leer libros más cortos. (Risas)
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Pero la pregunta real es: ¿Qué pasará después con estos chicos? ¿Habrán aprendido que la lectura es una tarea difícil, una especie de trabajo por el que se paga —su preocupación— o podrá esto tal vez inducirlos a leer por la razón equivocada inicialmente, pero luego llevarlos a enamorarse de la lectura por su propio bien? Lo que deja claro este debate, este breve debate, es algo que muchos economistas no tienen en cuenta. Los economistas asumen a menudo que los mercados son inertes, que no tocan ni contaminan los bienes que se intercambian. El intercambio de mercado, asumen, no cambia el significado o el valor de las mercancías que se intercambian. Esto puede ser cierto si hablamos de bienes materiales. Si me venden un televisor de pantalla plana o me lo dan de regalo, será el mismo bien. Funcionará igual. Pero lo mismo puede no ser verdad si estamos hablando de bienes inmateriales
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y de prácticas sociales como la enseñanza y el aprendizaje o la participación en la vida cívica. En esos dominios, los mecanismos de mercado y los incentivos en efectivo pueden debilitar o desplazar actitudes y valores no mercantiles por los que vale la pena preocuparse. Una vez que vemos que los mercados y el comercio, cuando se extienden más allá del dominio material, pueden cambiar el carácter de las mercancías, pueden cambiar el significado de las prácticas sociales, como en el ejemplo de la enseñanza y el aprendizaje, tenemos que preguntarnos en dónde caben los mercados y en dónde no, dónde pueden realmente socavar los valores y las actitudes que valen la pena. Pero para tener este debate, tenemos que hacer algo para lo que no somos muy buenos,
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y es razonar juntos en público sobre el valor y el significado de las prácticas sociales que valoramos, desde nuestros cuerpos hasta la vida en familia, las relaciones personales, la salud, la enseñanza y el aprendizaje de la vida cívica. Estas son cuestiones polémicas, que, por lo mismo, procuramos evitar. De hecho, durante las tres últimas décadas, que el razonamiento y el pensamiento de mercado ha ganado fuerza y prestigio, nuestro discurso público, durante este mismo tiempo, se ha vuelto hueco, vacío de un significado moral mayor. Por temor al desacuerdo, evadimos estas preguntas. Pero una vez que vemos que los mercados cambian el carácter de las mercancías, tenemos que debatir entre nosotros estas grandes preguntas acerca de cómo valorar los bienes.
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Uno de los efectos más corrosivos de ponerle precio a todo lo sufre la comunalidad, el sentido de que todos estamos en esto juntos. Contra el trasfondo de la creciente desigualdad, mercantilizar todo aspecto de la vida conduce a una condición donde los que son solventes y aquellos que son de escasos recursos tienen vidas cada vez más separadas. Vivimos, trabajamos, compramos y jugamos en lugares diferentes. Nuestros niños van a escuelas distintas. Esto no es bueno para la democracia, ni es una forma satisfactoria de vivir, incluso para aquellos de nosotros que podemos comprar nuestro lugar al principio de la fila. Por esto. La democracia no requiere una igualdad perfecta, lo que sí requiere es que los ciudadanos compartan una vida en común.
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Lo que importa es que las personas de diferentes procedencias sociales y diferentes estilos de vida se encuentren unos con otros, choquen unos con otros en el curso normal de la vida, porque esto es lo que nos enseña a negociar y a respetar nuestras diferencias. Y así es cómo llegamos a preocuparnos por el bien común. Y entonces, al final, la cuestión de los mercados no es fundamentalmente una cuestión económica. Es una cuestión de cómo queremos vivir juntos. ¿Queremos una sociedad donde todo está a la venta, o hay ciertos bienes morales y cívicos que los mercados no honran y que el dinero no puede comprar? Muchas gracias. (Aplausos)

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